Rocío Silva Santisteban - Qué ruido tan triste que hacen dos cuerpos cuando se aman (1994)




Un páramo en las laderas

De pronto era demasiada la luz. Sobre la laguna las tululas se mecían con cierta dejadez. Atrás todo era luz. Él cerraba los ojos con la palma abierta completamente la acercaba a su boca muy despacio la lamía.
Luego, con la palma abierta, acariciaba la parte interna de mis muslos y yo cerraba los ojos. La luz a las cuatro de la tarde era tan cálida. Con los ojos cerrados sacaba la lengua y así sentía el aire. Luego, con los dedos, cogía algún hierbajo, pasto seco, cualquier cosa y lentamente lo dejaba caer sobre su espalda. Él decía: me duele. Y yo seguía cada vez con movimientos más bruscos. Pero todo era mentira. Entonces él ocultaba su quijada entre mi nuca y hombro y despacio iba montándome, los pantalones apretados uno contra el otro y el hierbajo en la espalda cada vez más fuerte y más fuerte. Entonces él me arañó y yo lo empujé hacia un costado y toda la luz me rompió la vista: la laguna y las tululas a contraluz.
Se escuchaba lejano, muy lejano, el ruido de un motor: un camión algo grande. Decidimos seguir con todo. El ruido del motor crecía y ya no lo soportaba, él embarró mis oídos, luego, lentamente fue limpiándolos. Primero con los dedos húmedos, luego con la lengua. El ruido formaba parte, entonces, del deseo, y con los ojos cerrados, imaginaba la luz sobre las tululas dorando sus tallos espigados.


La playa

La playa era larga y estrecha, a la izquierda las olas suaves, rotas desde mar adentro; era invierno y una recia humedad lo cubría todo. Sobre un lado seco de la arena él jaló su saco de lana y los dos se echaron, abrazados. El ruido del mar se hacía más claro con los ojos cerrados y se convertía en parte de la escena. Sin ese ruido constante, monótono, lejano, los cuerpos no hubieran sido los mismos.
Él estaba acariciando los senos de ella con un poco de arena entre los dedos de la mano izquierda. Abrió lentamente cada botón de la blusa, y al final, con la blusa completamente abierta y los pechos visiblemente erizados, él dejó caer la arena, con las yemas de los dedos, como si estuviera volteando un reloj de navegante, así caía la arena entre los dos pechos firmes, la arena tibia y húmeda.
Ella se rio.
Su risa corló el paisaje en escenas movedizas, la espuma de las olas casi los alcanzaba y ella seguía riendo mientras observaba la boca del chico, con cicatrices, masculina, dura y amoratada por el frío. La mordió. El terminó por sacarle la blusa y dejarla con el torso desnudo sobre la arena sucia.
Ella volvió a reír.
Luego, en un instante, se sacó la larga falda negra -su falda de trabajo- y dejó a la luz un portaligas negro. Él jamás la hubiera imaginado con un portaligas, un oscuro deseo le recorrió el cuerpo. Casi le parecía una mujer diferente.
El chico no se movió, quedó ensimismado contemplando las piernas largas de la muchacha. Así permaneció un rato, los dos mirándose, sin importarles que alguien los vea, sin importarles la mirada de los pescadores desde el mar. Allí estaban ellos, solos: ella casi desnuda, moviéndose y ensuciándose con arena gruesa.
De pronto, él se encaramó sobre ella y empezó a frotar lentamente, casi al descuido, su sexo. Luego, con una insoportable brusquedad, la arena que le quedaba en la mano se la puso sobre la boca cerrada y ella abrió los ojos, pero sólo la niebla, la luz sucia de esa niebla, le cubrió la mirada. Entonces ella sólo sintió el tirón fuerte de su sexo abriéndose, sin poder hacer nada para evitarlo, sintió el jalón directo y el sonido de su cuerpo bajo el peso de él. Los sonidos crecieron más, comenzaron los jadeos, un ruido extraño entre risa y llanto. El gozo.
Sobre la arena mojada, ella logró, en el último momento, arañar una línea. Una línea que en realidad era un círculo. Quizás un círculo abierto.






ROCÍO SILVA SANTISTEBAN

Nació en Lima, en 1963. Estudió Derecho y Ciencias políticas en la Universidad de Lima y Literatura en la Universidad Mayor de San Marcos. Ha publicado Asuntos circunstanciales (1984), Ese oficio no me gusta (1988) y Mariposa negra (1993).

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