Moisés Sánchez Franco - Desasosiego (2004)
Después de hacer el amor le gustaba hablarle de
sus antiguos amantes. Sentada sobre el pecho de su esposo y contemplando con
pena incierta su rostro satisfecho y agotado, le relataba sus viejos amores,
sus encuentros adolescentes con el hombre de infinitas cicatrices en el rostro,
el cual lamió como nadie su espalda desnuda a la vez que la penetraba con una
espada, mientras le cantaba La Marsellesa o silbaba “Let it be”, no sin antes
empujarla contra los espejos, romperle el rostro en mil pedazos para
demostrarle que el orgasmo es la destrucción de uno mismo, la aniquilación de
las infinitas repeticiones. Pero también hubo noches en las que le habló del
francés tatuado que conoció durante un viaje en barco en su primera juventud.
La mujer solía hablar con regusto cómo el marinero le tocaba con sus dedos las
piernas hasta hacerla estallar de placer o cómo le mordía la nuca cuando se
bañaban desnudos en la piscina durante las fiestas nocturnas en la popa, mientras
ella se imaginaba a cien caballos pisoteando su cuerpo, convirtiendo esa masa
de carne ígnea en polvo y sudor, en una aglomeración barrosa digna de ser
trastocada en oro o estiércol. Otras noches le hablaba del pintor sifilítico
con rostro de niña púber; algo triste le contaba cómo aquella morisqueta de
hombre era incapaz de infundir goce, y, a veces, cuando era arrastrada por la
verdad y la rabia, le relataba las madrugadas en que seducida por un macabro
impulso le introdujo los dedos en su culo y entonces la niña púber se sintió
mujer y lloró al percibir la calma extraña, el ardor femenino del ahondamiento,
de la redentora invasión. Pero las historias que el esposo más disfrutaba eran
las de Black Jack, el enmascarado de los callejones. En un principio la mujer
se esforzó en contar con detalle estas historias para que su esposo adquiriera
las mañas de Black Jack, pero el esposo no pensó jamás en imitar a Black Jack;
le gustaba escuchar sus aventuras, admiraba cómo con su cola de dragón
arrancaba la lengua de sus amantes o cómo con sus garras de águila le desgarró
alguna noche los pezones o cómo en una glorieta sin nombre la ahorcó con sus
propios cabellos sin que ella se diera cuenta que se transformaba en nada, en
un desollado cadáver, en carne ardiente pero descompuesta entre sus brazos.
Al terminar siempre sus
historias, la mujer, muerta de risa, encendía la luz. Mientras se vestían, el
hombre observaba cómo el cuerpo de su esposa tantas veces mal profanado iba
convirtiéndose nuevamente en el simulado templo de la creación y destrucción.
Pensaba en desnudarla, en golpearla, en transformar ese cuerpo aparentemente
digno en una historia horrenda, en un recuerdo de pesadilla, decididamente
erótico. Sin embargo, no se atrevía a nada. Sólo la miraba de reojo, y algunas
noches cuando se sentía a punto de desfallecer, con voz quebrada, decía:
—Era un buen tipo Black Jack,
y ese francés y el de las cicatrices y la niña púber, ¡vaya! qué tanto te
enseñaron. Deberían coronarlos. Sólo ellos te supieron mostrar cómo no es un
hombre. Alguien debería rendirles un homenaje.
La mujer reía y le pasaba una
mano por la cara. Él, desesperado y desnudando su pena, le mordía la mano y
ella soportaba el dolor hasta que veía en la mirada de su esposo los
pensamientos más siniestros y a la vez dulces, las ideas soterradas y mil veces
negadas en las cuales era ella tomada de los cabellos, penetrada con espadas,
cortada la cara con pedazos de espejos rotos y abandonada en un páramo desierto
al ataque de buitres y gallinazos. Y cuando acababan, cuando sus miradas
recuperaban su disciplinado rigor, su candorosa inquina, ambos caían nuevamente
sobre el lecho sintiendo en su bajo vientre, en lo más hondo del pecho, el
adormecimiento fatal del desencanto, el descansado pataleo de la bestia fugaz e
indomable del cruel amor y el desasosiego.
MOISÉS
SÁNCHEZ FRANCO
Nació
en Lima, en 1975. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos. Asimismo, estudió Periodismo en la Universidad Nacional de La Plata en
Argentina. Sus artículos de crítica y cuentos han aparecido en revistas
especializadas. Se desempeñó como
docente de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y como
profesor en el área de Humanidades de la UPC.
En
2016, publicó su primer libro de cuentos, Los condenados, que tiene como tema lo
fantástico, lo extraño, lo decadente y lo gótico. Falleció en el año 2017.

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