Guillermo Niño de Guzman - Mi pistola es larga y a veces humea de noche (1995)
Con
delicadeza me las arreglé para deslizar la mano hasta su bragueta y la abrí. Lo
acaricié, lo trituré. Poco a poco se emocionó, pero sin alcanzar la rigidez que
me siento orgulloso de provocar cuando quiero.
— Vamos, chupa, hasta que se descargue.
Tiemblo de
vergüenza al recordar ese momento, porque fui yo el que flaqueó. Retiré el caño
del revólver de la boca de líneas tan hermosas y lo puse en el costado de Juan
a la altura del corazón. El Sena corría dulcemente. Por encima de nosotros el
mismo espíritu de espera trágica animaba el follaje inmóvil de los plátanos.
Nada, alrededor de nosotros, participaba.
Jean Genet,
Pompas fúnebres
—No
me gustan los policías —me dijo ella, quebrando los labios con un gesto de
desdén. Luego cogió su cigarrillo, aspiró hondo y me echó una densa bocanada de
humo en la cara.
—En
ese caso tenemos algo en común —dije sin perder la calma y la miré como si
fuera a vaciar sus insolentes ojos negros de sus órbitas.
Ella
arqueó las cejas, dio un sorbo a su trago y dijo al cabo de un momento:
—No
entiendo qué quieres decir, policía. Habla claro o esfúmate.
—A
mí tampoco me gustan las mujerzuelas —dije lentamente mientras continuaba
escrutándola—. ¿Ahora te parece claro?
Ella
levantó la mano derecha para abofetearme, pero yo fui más rápido: se la detuve
en el aire y luego la oprimí con fuerza, doblándola hacia atrás.
No
profirió un gemido. Le estaba haciendo daño, pero ella era demasiado orgullosa
como para admitirlo. Por el rabillo del ojo vi que el barman cogía un garrote y
se aproximaba sigilosamente.
—Quieto
ahí, viejo —le espeté sacando mi placa con la otra mano y empotrándosela en el
rostro—. No te queda bien el papel de héroe.
Seguí
presionando los dedos de ella contra su muñeca y sólo me detuve cuando vi que
sus óvalos oscuros empezaban a humedecerse.
—Eres
un hijo de perra —masticó la frase con desprecio mientras se frotaba la mano.
—Nunca
he pensado lo contrario —dije y esbocé una sonrisa irónica. A continuación,
giré hacia el barman:
—Despabílate,
viejo. La señorita necesita un trago urgente —le dije—. Sírvele un whisky
doble.
Ella
inclinó la cabeza y después la sacudió agitando su cabellera abundante y
coposa. Cuando el mozo trajo el whisky cogió el vaso y bebió un largo sorbo.
—Espero
que te sientas mejor ahora —dije.
—Vete
a la mierda. ¿Tienes fuego?
Le
acerqué una cerilla y sentí el roce de su piel cuando ella protegió la llama
con la cuenca de su mano adolorida.
Chupó
su cigarrillo y expelió con alivio una fina columna de humo azul que se elevó
hacia el techo.
—¿Qué
quieres de mí, policía? —dijo, sin mirarme, con una voz sembrada de fatiga y
hastío—. ¿No te cansas de perseguirme? Si no te empeñaras en hacerte el rudo,
tal vez empezarías a gustarme. ¿Qué es lo que quieres?
La
cogí del mentón y la obligué a girar hacia mí.
—Todo
—dije y luego miré al barman que observaba la escena aún desconcertado y
ordené—: Abre una botella de whisky, viejo. Me parece que no has renovado tu
licencia y un poco de jarabe del doctor Johnnie Walker podría hacer que me
olvide que estuve por aquí.
Salimos
al frío de la noche y caminamos hacia mi viejo Plymouth. Estaba lloviznando y
ella patinó sobre la vereda mojada y se apoyó en mi brazo para no caer. Yo la
miré con sorna.
—Hummm,
parece que la niña no puede mantenerse en pie —comenté.
Ella
se zafó de un tirón y continuó su marcha vacilante, entorpecida por unos
afilados tacos número siete. Dejé que se adelantara un par de pasos para
observarla mejor. Tenía unos veinticinco años, era alta, morena y con un cuerpo
bien formado. Lo que más llamaba la atención era su pelo negro que descendía
como una cascada oscura por su cuello largo y delgado y llegaba hasta la altura
de sus pechos. Era hermosa, sin duda, y lo habría sido aún más si su mirada no
imprimiera a su rostro las marcas de una existencia azarosa. Pero eso era
justamente lo que me atraía de ella: era una mujer con pasado.
Conduje
en silencio por calles desiertas y tortuosas. Ella me indicaba el camino. Nos
alejábamos cada vez más del centro hacia los extramuros de la ciudad. Pilas de
basura y otros desperdicios se amontonaban cada cierto trecho y debía bajar la
velocidad para sortear huecos que parecían cráteres lunares. Crucé los dedos
para que el trajinado motor del Plymouth no fallara. No me hacía nada de gracia
la idea de tener que caminar por esos arrabales a esas horas de la noche.
Ella
tomaba a pico lo que quedaba de la botella de whisky. De vez en cuando me la
pasaba aunque un decir una palabra. Era una bebedora recia. No se notaba que
estaba ebria excepto por su mirada velada por una ligera cortina de alcohol, lo
cual contribuía a atenuar la dureza de su rostro. Finalmente nos detuvimos
frente a un edificio ruinoso de los suburbios.
Al
salir del auto me acerqué a ella y le apreté el brazo contra la espalda.
—Nada
de trucos —le advertí— ¿En qué piso vives?
—En
el quinto. Suéltame.
—¿Tiene
ventana a la calle?
Ella
asintió.
—Señálamela.
—Es
la de la izquierda. Ahora suéltame.
Meneé
la cabeza y luego miré hacia arriba.
—¿Por
qué está la luz encendida? —le pregunté.
—¿Por
qué crees, policía? Haz funcionar tu cerebro.
No
querrás que entren y me “limpien” el departamento...
—Francamente
no creo que haya mucho que robar.
—Vete
a la mierda. Al menos no ando asaltando a la gente disfrazada de policía.
Acusé
el golpe con una sonrisa cínica.
—Mide
tus palabras —dije aumentando la presión contra su brazo—. Ya sabes que no
tengo mucha paciencia. Ahora vamos a entrar en el edificio y no vas a hacer
ruido. ¿Entendido? Un solo grito y tu brazo se puede quebrar como un fideo
crudo.
—Eres
muy valiente, policía —dijo ella con una mueca de sarcasmo—. Me encantan los
hombres como tú.
Entramos.
No había ascensor.
—Sácate
los zapatos —ordené—. Tus tacos arman demasiado alboroto.
Saqué
la Walther de la sobaquera y empezamos a subir por unas escaleras mal
iluminadas. Cuando llegamos al quinto piso jadeaba como un condenado. Otra vez
el maldito pulmón.
—Sí
que estás en forma —me dijo ella.
—Cállate.
Ahora abre la puerta con cuidado. Lentamente.
Ella
lo hizo. Era un departamento pequeño, con un solo ambiente principal. A la
izquierda se veía una puerta y al fondo otra.
—¿De
qué tienes tanto miedo, policía? —dijo en voz alta—. No hay nadie.
—Mierda
—murmuré y le di un fuerte empujón que la arrojó al suelo.
Corrí
enseguida hacia la puerta de la izquierda y la abrí de una patada. Era la
cocina y estaba vacía. Luego retrocedí y me aproximé con sigilo a la habitación
del fondo. La puerta estaba entreabierta y había luz detrás de ella. Respiré
profundamente y cinco segundos después entré como una tromba. Era el dormitorio
y también parecía vacío. Revisé el closet y me incliné para echar un vistazo
debajo de la cama. No había ni una polilla.
Me
estaba incorporando cuando sentí un objeto frío haciendo presión sobre mi nuca.
Permanecí inmóvil y observé la escena a través del espejo del tocador ella me
apuntaba con una Beretta modelo "Baby", de esas que suelen llevar las
mujeres y que caben en la palma de la mano.
Maldije
mi estupidez. No debí haberme despegado de ella ni por un segundo. Era
endiabladamente rápida.
—¿Y
ahora qué me dices, policía? Suelta tu artefacto antes de que perfore tu escaso
cerebro. Sabes, mi dedo índice no tiene mucha paciencia.
Sonreí
con resignación. Había perdido. Mujeres como ella no piensan dos veces antes de
jalar del gatillo, sobre todo si están molestas, de modo que deje caer la
Walther.
—Así
me gusta, papacito —dijo ella y prosiguió su “show”—. Despacio, muy despacio,
agáchate y coloca tus lindas manos sobre el suelo.
Hice
lo que me ordenó y palpé una textura afelpada. Era una de esas pequeñas
alfombras que se estila poner al lado de la cama. Mis manos rozaban un extremo;
alcancé a divisar los pies de ella sobre el otro.
—Por
esta vez tú ganas, mariposa —dije para distraerla.
—Yo
gano siempre, pol...
No
terminó su frase porque tiré de la alfombra con todas mis fuerzas y ella perdió
el equilibrio. Un instante después había recuperado la Walther y estaba sentado
a horcajadas sobre ella.
—¿Sigues
pensando que tú ganas siempre? —mascullé.
Ella
no dijo nada. La furia parecía a punto de rebalsar por sus ojos.
—No
se puede ganar con estos juguetes —le indiqué mientras sopesaba la Beretta
antes de guardarla en el bolsillo de mi saco—. Mi pistola es más larga, ¿no
crees? Es larga y a veces humea de noche.
Acerqué
la Walther a su rostro. Ella se mantuvo impasible.
—Ahora
vas a decirme dónde está él.
—No
sé de quién hablas —murmuró ella.
—Oh,
vamos. No pensarás que vine a este antro por tu linda cara. Lamento
decepcionarte, pero tú sabes muy bien a quién busco.
Apoyé
mi pistola en su frente y empecé a acariciar su rostro con el caño de acero.
—Tú
sabes que está preso —dijo ella al cabo de un momento, tratando de contener sus
nervios.
—Estaba
—aclaré—. Anoche se fugó y de paso se despachó a un par de guardias. Se me
ocurrió que podría sentir deseos de visitar a su antigua novia.
—Hace
años que no sé nada de él.
—Bueno,
yo sí sé todo sobre él —repliqué y no pude evitar acordarme del balazo que me
disparó a quemarropa seis años atrás y que casi me manda al otro barrio. Me
arruinó un pulmón por el resto de mi vida.
—Te
juro que ya no tengo nada que ver con él —insistió—. Es tan hijo de perra como
tú. Yo era muy joven cuando lo conocí y cuando lo metieron preso fue una suerte
para mí. Me jodió la vida. Por mí que se pudra en la cárcel.
—Me
gustaría creerte —dije—, pero ahora está prófugo y necesita esconderse en un
lugar seguro. No tiene muchas posibilidades. Si yo fuera él, recurriría a ti. Y
algo me dice que ya debe de haberse puesto en contacto contigo.
—Me
importa un carajo lo que pienses, policía. Ya te dije que no sé nada. Ahora
guarda tu pistola y lárgate.
—Quien
da las órdenes soy yo, mujerzuela. Diablos, no tengo toda la noche para jugar.
Recorrí
el contorno de sus cejas con la punta de mi pistola, luego fui descendiendo por
la suave pendiente de su nariz y di un rodeo por su mejilla derecha. Hice lo
propio con la izquierda y acto seguido me esmeré en delinear sus labios,
rozándolos con delicadeza. Por último, introduje el caño dentro de su boca.
—Chúpalo
—ordené.
Ella
palideció, pero continuó inmóvil.
Empujé
un poco más el extremo del arma y sentí cómo raspaba sus dientes.
—Chupa
o disparo —insistí con un tono que la hizo obedecer.
Sentí
que su cuerpo empezaba a temblar debajo mío y vi cómo sus ojos se anegaban de
lágrimas.
—Al
amanecer —susurró con voz entrecortada— El vendrá aquí al amanecer. Yo no
quería, pero él me amenazó. Dijo que me mataría si no lo ayudaba.
Retiré
la pistola y ella rompió en llanto.
—Hijo
de puta —balbuceó y se cubrió la cara.
Guardé
entonces la Walther y, sin poder contenerme, empecé a besar el dorso de sus
manos. Luego despegué sus dedos de su rostro y posé mis labios sobre sus
párpados húmedos y bebí sus lágrimas. Le acaricié las mejillas, me sumergí en
la densa madeja de su pelo oscuro y seguí besándola hasta lograr entreabrir sus
labios con los míos. Por primera vez la sentí frágil y rebosante de ternura y
de repente me invadió un sentimiento parecido al de un niño desvalido que se
aferra desesperadamente al regazo de una mujer desconocida.
Hicimos
el amor febrilmente, como si ésa fuera la última noche del mundo y ya no
hubiera mañana. Esa noche era siempre, todos los siempres, y ambos lo sabíamos
y nos dejamos arrastrar por esa corriente turbulenta que parecía llevamos a una
muerte sin fin.
Desperté
cuando la fina luz del alba teñía de azul el rectángulo de la ventana. Ella
yacía boca abajo y admiré una vez más el esplendor de su cuerpo desnudo. Dormía
profundamente. Me incliné y la besé con suavidad en la tibia cuenca de su
espalda. Luego me levanté con cuidado. Me vestí, saqué la pistola de debajo de
la almohada y fui a sentarme en un sillón frente a la puerta de entrada.
Entonces deslicé la primera bala del cargador dentro de la recámara y me
dispuse a esperar el resplandor del amanecer.
GUILLERMO
NIÑO DE GUZMÁN
Nació
en Lima, en 1955. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad Católica. Se ha
dedicado al periodismo cultural; asimismo, ha escrito guiones para cine y
televisión. En 1985 obtuvo el primer premio en el certamen "El Cuento de
las 1000 palabras" de la revista Caretas, y, en 1988, el premio "José
María Arguedas" del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

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