José B. Adolph - La exiliada (1996)


Para ti, Delia Sara, con todo lo que soy. 


El polvo lo ahoga todo: el ruido de los pasos, el reflejo solar, los minutos; el polvo y las moscas, pequeñas e insistentes: una raza que sólo florece en los cementerios. Soy dos personas: una mujer pequeña, oscura, que se siente flotar, anestesiada, tras un muro de espaldas y un ataúd; pero también un animal impaciente que aspira el seco olor del polvo y espanta las cosquilleantes, inmundas moscas de los muertos; también de ese muerto que cargan hoy, clausurado por la madera gris que testimonia una podredumbre más, otra reedición de la inutilidad. 


¿Qué estoy despidiendo? En realidad, nadie me ha visto: ni la esposa, ni los hijos, ni los colegas y amigos, ni los periodistas; esas miradas curiosas, irónicas, torturadas, mezquinas o divertidas son figuraciones mías, la vieja paranoia de la amante más o menos clandestina. En realidad, nadie me ha visto nunca: las mujeres pequeñas, oscuras, asediadas, tenemos una manera propia de no existir. Estoy despidiendo a un hombre, sí, pero también recobro una libertad que ya no deseaba. Nada es más doloroso que volver a ser, que reemprender lo anulado. 

Me dije: no vayas. Te someterás a la humillación final. Y aquí estoy, siguiendo a un grupo de gente, invisible, móvil vidrio polarizado que recubre una carne y una sangre que aprendieron a reconocerse en ese hombre al que nunca amé y del que fui, en cierta manera, esclava. Yo sentí esa esclavitud como libertad; al fin comprendí, con él, que el desenfreno no siempre es una metáfora. Aquí estoy, rodeada de un silencio palpable, visible, en una tarde de verano, bajo un sol que tose en el polvo, acompañando al cadáver de un hombre famoso que ahora se dispone a desaparecer. Todo esto se viste de trivialidad. 

Nunca lo amé: el único hombre al que he amado en mi vida es aquel con el que me casé hace ya más de veinte años, y que ahora me espera en casa, con los chicos; y la pregunta es: ¿qué diría si supiera que estoy aquí, ensuciándome los zapatos, reptando con los ojos inundados tras el ataúd de ese músico que tantas veces escuchamos juntos, y en cuya cama descubrí lo que es un orgasmo? Era un egoísta total fuera de la cama, un pavo real sobre el escenario o en un café; pero fue el que una noche deseé desesperada y culpablemente hasta el punto de seguirlo en la calle, abordarlo y someterme al desborde de sensualidad que intuía en él y que recibí. 

Paso revista a estos dos años. Culmino, inevitablemente, en el sorpresivo derrame cerebral, en la súbita muerte. Y en cómo, durante estas últimas horas, oscilé, avergonzada, entre un loco deseo y la más humillada de las desolaciones. ¿Cómo explicarme lo que soy? El maravilloso ser humano que tengo por marido no me entendería: vive sosegado en su rutinaria sexualidad, que él estima conveniente. Cuando me sorprendió masturbándome, en nuestra luna de miel, se entristeció: por mí, no por él. Fue la última de la serie de voces de la razón que me encerraron en una resignación que, sin embargo, no nudo derrotar a mi imaginación. Fueron veinte años de silencio de mi carne y de gritos de mi fantasía, dedo en clítoris, observando faunas imposibles, variantes irrepetibles, memorias falsas. 

Y en los conciertos, mientras el padre de mis hijos, con los ojos entrecerrados, se dejaba inundar por la música, yo miraba, hipnotizada, los gestos de ese director de orquesta al que hoy enterramos, humedecida por la irresistible sensualidad de Franck, de Wagner, de Bruch y del hombre en frac que se me tornaba cada vez más una carne viril obsesiva, necesaria, inevitable. ¿Qué soy? ¿Cómo explicarme esa fuerza que mi marido despertó, que mis sueños recogieron, que se me personificaba en ese hombre voluntarioso, dominador del aire alrededor suyo, que yo presentía agresivo, paciente y minucioso como los hombres sin rostro de mis fantasías? 

Nunca lo amé: con él fui carne, puro nervio, puro flujo de sangres y humedades, pura urgencia. Todo lo que era imposible y malicioso me otorgó el poder que me había sido regateado: el escoger mi falta de libertad. Se lo agradecí; le tuve afecto entre dos odios. Pude seguir amando a quien representa, en mi escala de valores, a la nobleza y a la generosidad. Acallar al demonio fue posible gracias a mis descensos al infierno, gracias a ser dos mujeres enemigas. 

No voy a esperar a que el ataúd resbale, rechinante, dentro del nicho. Doy la vuelta en el polvo, entre las moscas, bajo el duro sol que ya no dejará de recordarme esta tarde en que comienzo a volver a la normalidad. Debo haber estado loca. Nada, salvo mis sueños, me había preparado para esa locura. Nada me prepara hoy para la cordura. Doy la espalda a todo esto, camino por los senderos del cementerio, salgo de él; trato de respirar hondo y de ahuyentar imágenes en las que caricias espantosamente dulces, rituales de abominable belleza me impulsan a sollozar de pena y de deseo, de nostalgia y de repugnancia. ¿Seré ahora otra vez, y para siempre, la adecuada ama de casa y madre, la lectora voraz, la constructora de mundos privados, la refugiada en el paraíso?


JOSÉ B. ADOLPH 


Nació en Alemania, en 1933. Ha publicado 11 libros (novelas, cuentos, ensayos) e innumerables artículos. Ha ejercido diversos cargos periodísticos en diarios y revistas en el Perú y en el extranjero, y obtenido diversas distinciones literarias. Publicó El retorno de Aladino (1968), Hasta que la muerte (1971), Invisible para las fieras (1972), Cuentos del relojero abominable (1973), Mañana fuimos felices (1974), Un dulce horror (1989), Diario del sótano (1996), Los fines del mundo (2003), Mañana, las ratas (1984), etc. Falleció en el año 2008.

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