Doris Moromisato - La misteriosa metáfora de tu cuerpo (1995)



El cuerpo es, para mí, desnudez. Como el lenguaje es desnudamiento. El cuerpo es un lenguaje cuya clave de lectura es el amor. El lenguaje es un cuerpo cuyo ejercicio es un acto de amor.

Jorge Eduardo Eielson




Ayer bajé por el centro de tu cuerpo deslizándome silenciosa por la línea que el tiempo y todas las estaciones trazaron en ti. Te recorrí despacio dejando tras de mí la humedad de mi presencia. Tu afelpada piel, tu deliciosa carne se rendía ante mi boca; yo devoraba lo que encontraba a mi paso: tu mirada verde, tus más íntimos sonidos, tu dulce y oscuro abrazo. Envuelta en tus delicados pliegues ibas abriendo los ojos, como la mañana que despertaba a nuestro alrededor: desde lo más recóndito de su poderosa garganta brotaba la bruma que rodeaba árboles y helechos, el vuelo rasante de los desmodus, la espesa piel del ucumari, palmeras y aguajales, hasta envolver, irremediable, nuestros bordes. La humedad proseguía su ávida marcha conquistando tus últimas membranas, potenciando mi cuerpo asaltado y esclavo de tu boca. La mañana continuaba acercando el sol a nuestro lecho y era como si todo empezara, como si el mundo se reconciliara ante nuestro abrazo, como si la tierra reviviera otra vez...     


El primer rayo de sol traza su camino en el firmamento transitando por entre las últimas estrellas, esquivando las nubes, las aves que surcan el inmenso cielo. A su paso disipa la neblina que cubre la mañana, permitiendo ver las precarias casas de palos y esteras encaramadas en los cerros que rodean el pueblo. Aunque lejos, desde el patio de la escuela puede observarse cómo hombres y mujeres bajan pesadamente de lo alto cargando en sus espaldas capachas llenas de panes, bizcochos dulces, bultos con imágenes de yeso del niño Jesús, retratos de Sarita Colonia que venderán en el mercado; niños bajando en zigzag, esquivando el polvo y las piedras que se les meten por las suelas gastadas de los zapatos, haciéndoles más largo el camino hacia el colegio.
Brunela observa esos cerros mientras atraviesa el patio de la escuela. Al cruzar la despintada puerta encuentra a Mónica leyendo atentamente su cuaderno.
—Hola —le dice—, ¿se puede saber qué es lo que te tiene tan ocupada?
—No es nada —le responde aturdida Mónica mientras guarda rápidamente el cuaderno en la gaveta—, ¿cómo amaneciste hoy?
—Mal —contesta Brunela.
Deja caer pesadamente su cuerpo sobre el banco, pero vuelve a ponerse de pie cuando el sonido de los goznes de la puerta advierte del inicio de la clase.
Ubicadas correctamente en sus carpetas, las estudiantes observan a la profesora escribir sin pausa ni respiro fórmulas, números, figuras cabalísticas que forman poco a poco el átomo de los árboles, del agua de los ríos y las acequias, de los meteoritos, las amapolas, el osmio. En el enorme silencio sólo se escucha el ruido de la áspera tiza raspando su blanco cuerpo contra la vieja y desteñida pizarra. Todas se mantienen alertas ante el dedo acusador que volteará en cualquier momento y levantará en vilo a alguna de ellas. De pronto, entrometido y fresco, por las angostas ventanas ubicadas en lo alto del muro, el ruido de la calle llega hasta sus oídos como una salvación.
A través de la pared que las separa del mundo se puede percibir cómo la vida va tomando forma, cómo el vendedor de baldes, montado en su triciclo y provisto de un megáfono, describe con voz chillona las bondades del plástico y compite con los gritos de unos estudiantes que buscan, también, llamar la atención.


¿Con qué átomos formaron tu cintura, tu estambre, tus caderas? ¿A qué misteriosa fórmula respondes para ser tan bella? ¿A qué rama, a qué molécula te aferras en tu epífita existencia? Ayer bajé por tu cuerpo y fue hermoso ver cómo las últimas hojas que cubrían tu pudor caían rendidas, una tras otra, sobre el humus que nutre las profundas raíces de las moenas y los ojés, a los insectos y a las catahuas, a tu cabello esparcido lascivamente sobre las gramíneas bajo la encantada luz de la luna; hermoso cómo una garza se posaba grácilmente en uno de tus hombros y un sinuoso jergón huía de tu nuca cuando mis manos aliviaban tu espalda dañada por el musgo. Ayer entré en tu cuerpo por la ruta más densa y prohibida: tú atada a la alta y frondosa lupuna que te alberga, yo surgiendo de tu cielo, del aire caliente de la mañana para hundirme en tu centro feroz, feroz


Al sonar el timbre, la clase prorrumpe en un exagerado suspiro de alivio. Brunela tiende su cuerpo y coloca sus brillantes zapatos sobre el banco, echando hacia atrás su largo y negro cabello, mientras observa a su compañera de carpeta guardar el viejo cuaderno.
—¿Es muy importante lo que tienes allí? —le pregunta.
—No, sólo son palabras —dice Mónica—. ¿Qué me estabas contando?
Moviendo sus densas y curvas pestañas, Brunela toma una bocanada de aire antes de continuar con su relato.
—¿En qué me quedé?... ¡Ah, sí!, lo de siempre. Mamá se queja, papá ve la tele...
Se calla pues unas voces, enarbolando lemas y consignas, distraen su atención. En ese momento la profesora ingresa produciendo un coqueto sonido con sus altos zapatos, abandona una pila de libros sobre el pupitre y descansa las manos en la cintura. Buscando dominar el panorama, recorre el aula con la mirada.
—Abran sus libros, página 65, Siglo de Oro en las Letras Españolas, la metáfora en la “Fábula de Galatea y Polifemo”.
Tras el muro, Mónica puede oír a las vendedoras colocar sus mantas sobre la acera, instalar sus carretillas para ordenar sobre ellas legumbres, bolsitas de especias, granos de todos los colores y raíces recién arrancadas de la tierra mientras se aconsejan unas a otras remedios para curar la gripe, el lumbago, la diarrea infantil y comentan sobre el extraño ambiente que se respira esa mañana. Las imagina envueltas en grandes faldones, con los cabellos aún húmedos recogidos en grandes trenzas, depositando a sus bebés en unas cestas para empezar a colgar balanzas y letreros en palos de guarango, trapos simulando toldos amarrados a los postes de luz o a maderos que crujen al intentar sostenerlos. El olor del rocoto y las cebollas, del perejil y la ruda recién lavada, la firmeza de la manzanilla y el ajo llegan hasta ella, envolviéndola como en una maternal frazada, haciéndola sentirse mejor.
Los rayos del sol comienzan a filtrarse por los vidrios calentando el poco aire que circula en el salón. Mientras una alumna lee en voz alta, la maestra hace un ademán de bochorno y libera un botón de su blusa levantando la tela una y otra vez para despegarla de su piel caliente; no satisfecha con ello, empieza a abanicarse con el libro de literatura, abierto en la página 65. Unas gotas pequeñas y brillantes comienzan a formarse en medio de su escote humedeciendo su pecho lleno de pecas y rápidamente, una tras otra, inician su camino cuesta abajo.


Mis labios bajaban por tu superficie, vasta como la llanura de la cual fui desterrada, se dejaban arrastrar por el suave compás de tus movimientos y exploraban temblorosos la fina corteza de tus pechos; con mi aliento aparté rastros de hierba, caracolas y aguarrieros que suelen venir a beber de ti, arrimé el pesado barro que te hacía impura y tus latidos, como dolorosas espigas incrustándose en mis sienes, me señalaron el inevitable camino. Extasiada en ese aterciopelado valle de venas verdes escalé sigilosa hasta atrapar la deliciosa punta que te contiene y señala tu fin, y al alcanzar tu delicada panoja atrapé con mis dientes tu jugosa y brillante baya, perfecta y pura como una estrella alumbrándome en la noche más oscura. Sin piedad flagelé esa dulce bráctea hasta hacerte gemir de dolor, cruelmente mordí hasta que todos tus gritos se confundieran con el placer, insaciable, bebí de esa fuente sin edad ni destino y fue inevitable el néctar que brotó de ti, la savia que alimentó mis venas de amor...


—A ver —ordena la maestra—, que alguien me diga qué quiso decir Góngora con el verso “de la tierra, bostezos”... Usted, Heredia —y señala a Brunela.
En ese preciso instante suena el timbre anunciando el recreo y todas huyen al patio.
—¡Uff! —resopla Brunela mientras salen del aula—, no tenía ni la más remota idea de que la tierra bostezara.
—Fácil —le contesta Mónica mientras va abriendo su cuaderno—, se refería a las cuevas.


¿Cómo llamarte ahora? ¿Qué metáfora emplearé para nombrarte, para no gritar tu nombre?, ¿bálsamo, planeta, hetaraira, herida, caraguatá?...

Brunela, mostrándole una fila de blanquísimos dientes, toma a Mónica de ambos brazos y exclama:
—¡Estupendo!, ¡te juro que a veces me sorprendes! —y soltándola le dice al oído—: Ahora guarda esa cosa y vamos rápido, dicen que afuera les están dando de alma a los maestros.
En el patio, la noticia arde. Encaramadas en los muros y apoltronadas en las ventanas, decenas de muchachas ven cómo el caos y la represión se apoderan de las calles de Vitarte. Con el sudor empapándoles las axilas y los pelos revueltos bajo el inusual sol de noviembre, aplastan entre sí sus febriles cuerpos hasta mezclar la respiración y confundirse en un mismo olor; unas a otras pegan sus estómagos, pechos, mejillas, pubis y se cogen de brazas, muslos, cuellos y nalgas para no caer al suelo. Sin esperanzas de encontrar un lugar, ambas se sientan en los peldaños de la escalera esperando recibir noticias de lo que sucede afuera. Desde ese rincón, ellas pueden escuchar cómo el ulular de los carros de la policía y las enfurecidas protestas contra el gobierno han desplazado el cotidiano rugir de los autos dirigiéndose a Chosica. A medida que avanzan los minutos, el ambiente se va caldeando, y el caos y la zozobra comienzan a reinar también en la escuela. Brunela, gritando y dando de saltos sobre su asiento, masca un chicle excitada, contagiada por la euforia colectiva. Mónica la mira fijamente y observa sus perfectas y largas piernas surgir de la falda entreabierta.


Un enjambre de estremecimientos, un concierto de gemidos arribó hasta mí desde tu más íntima raíz, una ráfaga de suspiros sacudió mis permeables orillas y elevó la clorofila en tus mejillas, un océano de rocío como luciérnagas desfallecidas se precipitó sobre tu vientre cuando culminé la travesía y mis labios alcanzaron la ansiada envoltura floral donde te encontré toda, donde hallé tu mejor color. Por los afilados bordes de tu cuerpo te fui haciendo mía, cada uno de tus rincones recibió arrobado mi saliva, a mi paso se abrían tus filamentos, tus tímidos tépalos y tu sexo esperaba abierto y sediento la humedad de mi beso. Atrapada en tu centro herido una mariposa me recibió batiendo sus enormes alas de nácar, olas impetuosas me hicieron esclava de ese salado mar confundiéndome en su espuma, una orquídea encamada envolvió mi lengua regando mi cara de estrellas y pegada mi boca a ese abanico de fuego me dejé llevar por tus latidos para hacerme cómplice de ese armonioso vaivén, hasta que un estallido de rocas, lava manando del pasadizo acuoso y rosado, y el ácido crujir de mis huesos me hicieron sentir que me había fundido en ti...


Una estudiante resbala por la escalera y cae sobre Mónica. Brunela la ayuda a levantarse y recoge el cuaderno del suelo, pero Mónica se lo arrebata rápidamente. Alrededor de ellas, las demás continúan eufóricas divirtiéndose con tocar los pechos y levantarles las faldas a sus compañeras mientras se oye tras los muros cómo los maestros son golpeados y agredidos con bombas lacrimógenas, agua sucia y enormes perros. En unos segundos, el pueblo se llena de ladridos, detonaciones y un ácido olor que empieza a irritar ojos y narices de las estudiantes, quienes corren a sus aulas a toda prisa, pues el timbre suena anunciando el final del recreo.
La maestra, instalada en el estrecho pupitre, las mira pasar una a una como midiendo tallas, modelos, pensamientos. Al ponerse de pie, estira la falda que ciñe sus amplias caderas y hace una mueca de disgusto cuando alguien, filas atrás, le grita “amarilla”. Con una mirada fulminante busca a la agresora y, al no hallarla, decide iniciar la clase:
—Nuestros primeros habitantes, según una teoría, vinieron del Asia; pero no lo hicieron a pie sino a través de frágiles canoas persiguiendo ¿qué cosa?... no oro, ni reinos ni piedras preciosas, sino ballenas azules.


Llegué atravesando el aire que te separa de mí, conquistando leyes y territorios que me mantenían lejos de tu boca; sorteé cada árbol, cada bofa, cada miedo para acariciarte como solía hacerlo en mis sueños: con la dulce locura de amarte después de tanta espera, como escondida al final de una larga y oscura calle esperando se desaten al fin las tormentas, los chubascos y los nubarrones para depositarme en ti. ¿Como llegué hasta aquí?, sólo lo sabe el cielo que amamantó día y noche mí soledad, las enormes nubes que contuvieron mí desesperación, solo lo saben las mareas y los tientos de los cuales nací para entregarme a ti…

     
—¡Mónica, Mónica!, ¡otra vez con ese cuaderno, párate!, ¿no ves que la profe se va? —le grita Brunela y de un jalón la pone en pie.
—Está bien, no me di cuenta —le responde perpleja, tomando nuevamente asiento y arreglándose la blusa—; gracias por avisarme.
—Por última vez, ¿qué escondes en ose maldito cuaderno? —le increpa Brunela.
—Nada —le contesta secamente.
Mortificada por la negativa, Brunela siente repentinamente que todos los años cómplices con su mejor amiga están a punto de desmoronarse por esa simple palabra; temerosa por ello, arranca el cuaderno de las manos de Mónica y ante la mirada atónita de ésta, lee en voz alta:
—...no puedo darte más que este amor fugaz y escondido, esta silenciosa vocación de encaramarme en tu agreste vida. Hoy te amo con mi temprana edad, con esta piel y esta suerte que con el tiempo voy reconociendo mías. Mañana volveré convertida en neblina, arena, brisa y otra vez te buscaré cruzando selvas y montañas para hallarte como al final de una larga calle o de un pesado y oscuro sueño...
—¡¿Qué mierda significa esto, amiga?! —le grita sorprendida Brunela.
Sin entender, sigue leyendo con el rostro crispado; Mónica intenta quitarle el cuaderno, pero con un rápido movimiento la esquiva y repasa líneas atrás:
—... ábrete, déjame entrar en ti como ayer, cada vez más cerca y hondo de tu centro herido, para envolverme en el liquen que te cubre, frotando nuestros cuerpos hasta que el cansancio nos amanse... tu frágil carpelo se toma deliciosa vulva donde van a precipitarse mis dedos y mis dudas... indómita vulva donde muero y revivo, allí tu sal es mi oxígeno y la asfixia de este mundo no existe más...
Brunela se detiene. La maestra le ordena callarse y le exige una explicación. Con el rostro pálido, ella se pone de pie:
—No es nada, maestra... es sólo que me asustan las balas de los policías.
El martilleo de las ametralladoras y el frenético ladrar de los perros llegan hasta el aula; asustadas, algunas estudiantes se persignan. Desde allí se escucha el grito desesperado de las vendedoras pues las tanquetas riegan con agua pestilente sus triciclos, mantas y cestas con sus hijos dormitando dentro. En pocos minutos desaparecen los ruidos y la maestra retoma la clase:
—Continuando con la evaluación de botánica, hoy nos toca revisar la monografía de... —abre su libreta y prosigue—: señorita Martínez, haga el favor de leer su trabajo.
Mónica se pone de pie y retira su cuaderno de las delgadas manos de su amiga, quien la mira horrorizada y con la boca abierta. Brunela, tratando de evitar lo peor, mueve la cabeza de un lado a otro advirtiéndola para que no siga, pero Mónica la mira como suspendida de pronto en una nube, como si se hubiese tragado todas las espinas de todos los rosales de este mundo y por los ojos algo se desangrara irremediablemente. Abre su cuaderno y posa su mirada sobre aquellas palabras escritas noche a noche, ataviada por la luz de las velas, preguntando a impávidas y viejas enciclopedias, mirando sin cesar la luna desde su ventana cuando las gallinas y los cerdos vencidos por el hambre y el sueño dejaban de rascar los maderos de la granja y todos, cansados de labrar la tierra, dormían sobre almohadas hechas de retazos y sábanas viejas.
—“Taxonomía de una bromeliácea y el efecto de una gota de lluvia sobre sus hojas en el bosque húmedo subtropical” —empieza a leer tranquilamente, sin apuro, sin alzar la vista del cuaderno.
—Ayer bajé por el centro de tu cuerpo deslizándome silenciosa por la línea que el tiempo y todas las estaciones trazaron en ti...
Mientras Mónica lee, rehaciendo cada letra con su voz, un silencio sepulcral se pega en las paredes de la escuela como si las oscuras alas de un enorme buitre se hubieran posado sobre los techos y las cornisas. Cuando cierra su cuaderno y levanta la vista, encuentra a la clase muda, mirándola con ojos desorbitados, a Brunela más pálida que nunca. La maestra, sin salir de su asombro, la conmina enfurecida:
—Señorita Martínez, no sé si esto es una broma, pero lo que acaba de leer no es sino vulgar pornografía. —Con voz severa le ordena—: ¡Quiero ver a sus padres mañana!
La maestra se retira y el timbre suena rotundo anunciando el final de la jornada.
Mónica recoge sus cosas mientras Brunela no deja de mirarla, aún con sorpresa, pero sin la palidez anterior.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le susurra, ayudándola a guardar sus lápices—, creo que te van a expulsar.
Mónica sostiene su mirada y levanta los hombros en señal de indiferencia. Cada una coge su maletín y cruzan en silencio el aula mientras oyen a las vendedoras, detrás del muro, recoger apuradas sus mantas, cestas y pedazos del niño Jesús regados por el suelo, para comenzar la larga y pesada marcha hacia los cerros.



DORIS MOROMISATO


Nació en Lima, en 1962. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Mayor de San Marcos. Su primer libro de poesía fue Morada donde la luna perdió su palidez (1988). En 1990 obtiene una mención especial en el Concurso de Cuento Magda Portal. Es fundadora y directora del Centro de Comunicación y Cultura para la Mujer (COMYC) y coordinadora cultural de la Red Nacional de Acción Ecologista del Perú (RENACE-PERÚ).


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