Alfredo Bryce Echenique - El descubrimiento de América (1968)

América era hija de un matrimonio de
inmigrantes italianos. Una de las muchachas más hermosas de Lima. ¡Qué bien le
queda su uniforme de colegiala! Su uniforme azul marino de colegiala. De
colegiala que ya se cansó de serlo. De colegiala con mentalidad preautomovilística,
prelujosa, y prematrimonial. De colegiala que se aburre en las clases de
literatura, que jamás comprendió las matemáticas, y que piensa sinceramente que
Larra se suicidó por cojudo, y no por romántico. Era su último año de colegio,
y no sabía cómo ingeniárselas para que su uniforme pareciera traje de
secretaria. Usaba las faldas bastante más cortas que sus compañeras de clase, y
se ponía las blusas de cuando estaba en tercero de media. ¡América! ¡América!
Si no hubieras estado en colegio de monjas, tus profesores te hubieran
comprendido. Pero ¿para qué?, ¿para quién?, esas piernas tan hermosas debajo de
la carpeta. Refregaba sus manos sobre sus muslos, y se llenaba de esperanzas.
Las refregaba una y otra vez hasta que sonaba el timbre de salida. Tomaba el
ómnibus en la avenida Arequipa, y se bajaba al llegar a la plaza San Martín.
Cruzaba la plaza San Martín y sentía un poco de vergüenza de caminar con el
uniforme azul. Pero a los hombres no les importaba: “Así vestidita de azul, la
haría bailar”, dijo un bongosero que salía de un night club. América sinrió un escalofrío. Pero los músicos no eran
su género, ni tampoco ese flaco con cara de estudiante de letras, que la veía
pasar diariamente, rumbo a la bodega de sus padres, en el jirón Huancavelica.
Pero ese flaco no estaba esperándola hoy día, y a América le fastidió un poco
no verlo.
Hoy no la he
visto pasar sin mirarme. Amor amor amor. Volverás. Vuelve amor vuelve. Con
seguridad de amor. Vuelve amor. Porque no la he visto pasar sin mirarme y voy a
pedir un café y no me estoy muriendo. Vuelve amor sentir amor amar sentir.
Antes. Como antes. Luchar por amar y no culos. Verla pasar amar. No culos.
Sentir amor. Me ve. No me mira. Me ve. Vuelve amor, café café. Nervios.
Nervioso. Ya debe haber pasado. No se había parado a esperarla, y de acuerdo
con su reloj ya debería haber pasado. Las cosas mejoraban: había sufrido un
poco al no verla. Estaba optimista. Quería amarla como amaba antes; como había
amado antes. “Es posible”, se decía. “Es posible”, y recordaba que una vez se
había desmayado al ver una muchacha demasiado todo lo bueno para ser verdad.
“Es posible”. Desde su mesa, en un café de las Galerías Boza, Manolo veía a
Marta que se acercaba sonriente. “Marta la fea. Inteligente. Debería quererla.
No”. Marta conocía a Manolo; conocía también a América, y había aceptado
presentársela. Pero antes quería hablarle; aconsejarlo. Hablar al viento.
—Siéntate,
Marta.
—Ya debe
haber pasado.
—Hace cinco
minutos. ¿Un café?
—Bueno,
gracias. ¿Y, Manolo?
—¿Mañana?
—Estás loco,
Manolo —dijo Marta, con voz maternal—. No sabes en lo que te metes.
—La quiero,
Marta. La quiero mucho.
—No la
conoces.
—Pero
estoy seguro de lo que digo. No te rías, pero yo tengo una especie de poder,
una cierta intuición. No sé cómo explicarte, pero cuando veo una cara que me
gusta asi, adivino todo lo que hay dentro. Ya sé cómo es América. Me la
imagino. La presiento.
—Y te
arrojas a una piscina sin agua. Ya lo has hecho.
—Tú y
tus fórmulas.
—Ya lo
has hecho.
—Era
otra cosa.
—Terco
como una mula —dijo Marta—. Te la voy a presentar. Después de todo, ¿por qué
no? Allá tú.
—¡Gracias,
Marta! ¡Gracias!
—Pero es
preciso que te diga que América es todo lo contrario de una chica inteligente.
—Uno no
quiere a una persona porque es inteligente —dijo Manolo, desviando la mirada al
darse cuenta de que había metido la pata.
—¿Y con
el cuerpazo de América? ¿Tú crees que eso es amor?
—¡Nada
de eso! —exclamó Manolo, fastidiado al comprobar que su mano no temblaba
mientras cogía la taza de café—. Nada de eso. Sus ojos. Su cara maravillosa.
—Y esa
blusita de su hermana menor...
—¡Nada
de eso! Como antes.
—¿Como
qué antes?
—No
podría explicártelo —dijo Manolo—, pero tú comprendes.
—Me
imagino que yo debo comprender todo.
Estas
últimas palabras, pronunciadas con cierta tristeza y resignación, lo dejaron
pensativo. Recordaba las veces que Marta lo había invitado a tomar té a su
casa. ¿Cuántas veces le había mandado entradas para el teatro, o para el cine?
¿Y él? ¿Que había hecho él por Marta? Era la primera vez que la invitaba y la
invitaba para que le presentara a otra chica. “Hay dos tipos de mujeres”,
pensó: “las que uno ama, y las Martas. Las que lo comprenden todo”. La miró:
bebía su café en silencio. Una sola palabra suya, y la hubiera hecho feliz; la
hubiera pasado al grupo de las que uno ama. Pero Manolo había nacido mudo para
esas palabras. “Si un día termino con América” pensó. “América. América. Las
piernas de América. No. No. Los ojos de América”.
—Toda la
vida andas sin plata —dijo Marta. Y añadió—: A América le gustan los muchachos
que gastan plata.
—No
importa —dijo Manolo—. Vive en Chaclacayo, y allá no hay en qué gastar la
plata. Sólo hay que gastar en cine o en helados, y tan pelado no estoy.
—¿Y qué
vas a hacer con lo del automóvil? —le preguntó, mirándolo fijamente para
observar su reacción—. ¿Te vas a comprar uno? Sin automóvil ni te mirará.
—Gracias
por llamarla puta —dijo Manolo, indignado.
—No la
he llamado eso. Ni siquiera lo he pensado, pero América es una chica alocada, y
ya te dije que no es inteligente.
—Confío
en mi suerte, y en mi imaginación.
—¿En tu
imaginación?
—Ya
verás —dijo Manolo, sonriente—. Si supieras todo lo que se me está ocurriendo.
—Veremos.
Veremos.
—Mañana
me la presentas. Será cosa de un minuto. Después, todo corre por mi cuenta.
—Mañana
no puedo, Manolo —dijo Marta—. Tengo cita con el oculista. Parece que además de
todo me van a poner anteojos.
—¿Entonces,
cuándo? —preguntó Manolo, fingiendo no haber escuchado las últimas palabras de
Marta.
—Pasado
mañana. Espérame en la puerta del cine San Martin.
—Tú te
encuentras con ella, y luego yo paso como quien no quiere la cosa. Me llamas, y
ya está.
—No te
preocupes —dijo Marta—. Será como tú quieras. Será fácil retenerla para que
puedas conversar un rato con ella.
—Sí. Sí.
Tengo que ganar tiempo. Pronto empezarán los exámenes finales, y ya no vendrá a
clases.
—Te
pasarás el verano en Chaclacayo.
—¡El
verano es mío! —exclamó Manolo, sonriente—. Eres un genio, Marta.
—Bueno,
Manolo. Este genio se va.
—No te
vayas —dijo Manolo, satisfecho al darse cuenta de que la partida de Marta lo
apenaba—. Vamos al cine.
—No hay
una sola película en Lima que yo no haya visto —dijo Marta, con voz firme.
Manolo
se puso de pie para despedirse de ella. Había comprendido el mensaje que traían
sus últimas palabras, y sabía que era inútil insistir. Como de costumbre, Marta
había “olvidado” su paquete de cigarrillos para que Manolo lo pudiera coger. No
sabía qué decirle. Le extendió la mano.
—Adiós,
Manolo. Hasta pasado mañana.
—Adiós,
Marta.
—¿Vendrás
mañana a verla pasar? —preguntó Marta.
—Es el
último día que pasa sin conocerla —respondió Manolo—. ¿Tú crees que me voy a
negar ese placer?
—Loco.
—Sí,
loco —repitió Manolo, en voz baja, mientras Marta se alejaba. No era su partida
lo que lo entristecía, sino el darse cuenta de que ya no tendría con quién
hablar de América. Llamó al mozo del café y le pagó. Luego, caminó hasta la
calle Boza, y se detuvo a contemplar la vereda por donde diariamente pasaba América hacia la bodega de sus padres. “Sus
caderas No. No. Sus ojos. Mañana”.
América
salía del colegio a las cinco de la tarde, y él salía de la universidad a las
cinco de la tarde. Pero ella tenía que tomar el ómnibus, y en cambio él estaba
cerca de la plaza de San Martín. Caminaba lentamente y estudiando las
reacciones de su cuerpo: “Nada”. Se acercaba a la plaza San Martín, y no sentía
ningún temblor en las piernas. El pecho no se le oprimía, y respiraba con gran
facilidad. No estaba muñequeado. Encendió un cigarrillo, y nunca antes estuvo
su mano tan íirme al llevar el fósforo hacia la boca. Llegó a la plaza San
Martín, y se detuvo para contemplar, allá, al frente, el lugar en que la
esperaba todos los días. Vio llegar uno de los ómnibus de la avenida Arequipa,
y no sintió como si se fuera a desmayar. “Todavía es muy temprano”, se dijo,
arrojando el cigarrillo, y cruzando la plaza hasta llegar a la esquina de la
calle Boza. Se detuvo. Desde allí la vería bajar del ómnibus, y caminar hacia
él: como siempre. Se examinaba. Le molestaba que América supiera que la miraba.
Hacía tanto tiempo que la miraba, que ya tenía que haberse dado cuenta. “¿Y si
se hace la sobrada? ¿Si Marta no viene mañana? ¿Si me deja plantado? ¿Si cambia
de idea? ¿Si decide no presentármela?”. Estas preguntas lo mortiticaban. “Te
quiero, América”. Sintió que la quería, y sintió también un ligero temblor en
las piernas. Sin embargo, no sintió que perdía los papeles al ver que América
bajaba del ómnibus, y eso le molestó: perder los papeles era amor para Manolo.
América avanzaba. Distinguía su blusa blanca entre el chalequillo abierto del
uniforme. Sus zapatos marrones de colegiala. Su melena castaña rojiza de
domadora de fieras. Avanzaba. Veía ahora el bulto de sus senos bajo la blusa
blanca. Los botones dorados
del uniforme. Se acercaba, y Manolo no le quitaba los ojos de encima... Linda.
Linda. Linda. Te quiero tanto. Te siento. Cerca. Más cerca. Yo te quiero tanto.
Cigarrillo. ¿En qué momento encendido? Sus ojos. Buenas piernas. Pero sus ojos.
La blusa. Marta. ¡Mierda! Mañana mañana ven ven. La falda con las caderas.
Piernas. La quiero. Como antes. Y América estaba a su lado. Pasaba a su lado, y
su blusa se abultaba cada vez más al pasar de perfil, y ya no estaba allí, y él
no volteó para no verle el culo, y porque la quería.
—¡Manolo!
—llamó una voz de mujer, desde atrás. Manolo sintió que se derrumbaba. Le costó
trabajo voltear.
—¡Marta!
—exclamó, asombrado. Marta estaba con América.
—¿Qué ha
sido de tu vida, Manolo? ¿Qué haces allí parado?
—Espero
a un amigo.
—Ven,
acércate —dijo Marta, sonriente—. Quiero presentarte a una amiga.
—Mucho
gusto —dijo Manolo, acercándose y extendiendo la mano para saludar a América.
Era una
mano áspera y caliente, y Manolo no sabía en qué parte del cuerpo había sentido
un cosquilleo. América, ahí, delante suyo, lo miraba sin ruborizarse, y era
amplia y hermosa. El uniforme no le quedaba tan estrecho, pero era como si le
quedara muy estrecho. Esa piel morena, ahí, delante suyo, era como la tierra
hiímeda, y él hubiera querido tocarla. Marta sonreía confiada, pero a Manolo le
parecía que era una mujer insignificante y la odiaba. América también sonreía,
y Manolo hubiera querido coger esa cabellera larga; esas crines de muchacha
malcriada y sucia que no se peinaba para fastidiar a los hombres. Y su blusa se
inflaba cuando sonreía, y a Manolo le parecía que sus senos se le acercaban, y
era como si los fuera a emparar.
—Vamos a
tomar una Coca-Cola —dijo Marta.
—No
puedo —dijo América—. Mis padres me esperan en la tienda (ella no la llamaba
bodega).
—Yo
tampoco —dijo Manolo—. Tengo que esperar a mi amigo (mentía porque quería
huir).
—¿Cuándo
empiezan tus exámenes, América? —preguntó Marta tratando de retenerla.
—Dentro
de veinte días —respondió—. No sé cómo voy a hacer. No sé nada de nada.
—En
quinto de media no se jalan a nadie —dijo Manolo.
—¿Tú
crees? Ojalá.
—No te
preocupes, América —dijo Manolo—. Ya verás cómo no se jalan a nadie.
—Y después,
¿qué piensas hacer?
—Nada.
Descansar.
—¿Te
quedas en Chaclacayo?
—Sí.
¿Qué voy a hacer? Es muy aburrido en verano, pero ¿qué voy a hacer?
—Todo el
mundo se va a la playa —dijo Manolo.
—Yo sólo
puedo ir los sábados y domingos.
—¿Y la
piscina de Huampaní? —preguntó Manolo.
—Es el
último recurso, aunque a veces vienen amigos con carro y me llevan a la playa.
—Yo
tengo una casa muy bonita en Chaclacayo —dijo Manolo, ante la mirada de asombro
de Marta, que sabía que estaba mintiendo—. Tiene una piscina muy grande
—continuó—. Hace años que no vamos y está desocupada. Si quieres, te puedo
invitar un día a bañarnos.
—Nunca
te he visto en Chaclacayo —dijo América.
—Ya me
verás.
América
se despidió sonriente, y continuó su camino hacia la bodega de sus padres.
Manolo la miraba alejarse, y pensaba que esa
falda no hubiera aguantado otro año de
colegio sin reventar. Estaba contento. Muy contento. Con América todo sería
perfecto, porque había perdido los papeles en el momento en que Marta se la
presentó y cuando él perdía los papeles, eso era amor. La amaba, y América
sería como el amor de antes, lodo volvería.
—Perdóname
—dijo
Marta—. Piensa que ya saliste de eso. Yo también ya salí de eso.
—No
estaba preparado—dijo Manolo—. ¿Por qué lo has hecho?
—Quería
verte sufrir un poco —respondió Marta—. Ya que tenía que hacerlo, por lo menos
sacar algún provecho de ello. Y te juro que nunca olvidaré la cara de espanto
que pusiste. Era para morirse de risa.
—Te
felicito —dijo Manolo, pero se arrepintió—: Gracias, Marta. Ahora ya todo es
cosa mía.
—Avísame
qué tal te va —dijo Marta, y se despidió.
Manolo
la veía alejarse. “Si me va bien, no volverás a saber de mí”, pensó, y se
dirigió a las Galerías Boza para tomar un café. Al sentarse, escribió en una servilleta
que había sobre la mesa: “El día 20 de noviembre, a las 5.30 de la tarde,
Manolo conoció a América, y América conoció a Manolo. Te amo”. No mencionó a
Marta para nada.
Los
fines que perseguía Manolo al tratar de conquistar a América eran dos: el primero,
muy justo y muy bello: “Amar como antes”; el segundo, menos vago, menos bello,
pero también muy humano: fregar a Marta. Sobre todo, desde aquel día en que lo
encontró por la calle, y le preguntó si América ya lo había mandado a rodar por
no tener automóvil. Los medios que utilizaba para lograr tales tiñes eran
también dos: su imaginación de es- tucliante
de letras y la falta de imaginación (léase inteligencia) de América. Cada vez
que América decía una tontería, Manolo se inflaba de piedad, contundía este
sentimiento con el amor que tenía que sentir por ella, y odiaba a Marta.
Había dejado
de verla durante los veinte días que estuvo en exámenes, durante la Navidad, y
el Año Nuevo. La extrañaba. Habían quedado en verse a comienzos de enero, en
Chaclacayo.
Amaba
Chaclacayo. Amaba todo lo que estuviera entre Ñaña y Chosica. Recordaba su
niñez, y los años que había vivido en Chosica. No olvidaría aquellos domingos
en que salía a pasear con su padre por el parque Central. Caminaban entre la
gente, y su padre lo trataba como a un amigo. Le costaba trabajo reconocerlo
sin su corbata, sin su terno, sin su ropa de oficina, sin su puntualidad, y sin
sus órdenes. No era más que un niño, pero se daba muy bien cuenta de que su
padre era otro hombre. Un lunes, le hubiera dicho: “Anda a comer. Estudia. Haz
tus temas”. Pero era domingo, y le preguntaba: “¿Quieres regresar ya? Nos
paseamos un rato más”. Y él tenía que adivinar lo que su padre quería, y
adivinar lo que su padre quería era muy fácil, porque siempre estaba de buen
humor los domingos; porque era otro hombre, como un amigo que lo lleva de la
mano; y porque estaba vestido de sport. Llevaría a América a Chosica, le
contaría todas esas cosas, y ella sería un amor como antes, como quince años.
Ya vería Marta cómo América era la que él creía y él tampoco había cambiado a
pesar de haber aprendido tantas cosas. Sólo le molestaba saber que tendría que
usar algunas tácticas imaginativas para lograr todo eso. Pero el sol de
Chaclacayo, y el sol de Chosica lo ayudarían. Sí. El sol lo ayudaría como ayuda
a los toreros. Este mismo sol que mantenía vivos sus recuerdos, y que brilla
todo el año (menos el día en que uno lleva a un extranjero para mostrarle que a
media hora de Lima el sol brilla todo el año).
Entre el
día tres de enero, en que Manolo visitó por primera vez a América, en su casa
de Chaclacayo, y el día primero de febrero en que, sorprendido, escuchó que
ella le decía: “Mi bolero favorito (Manolo sintió una pena inmensa) es que te
quiero, sabrás que te quiero”, entre esas dos fechas, muchas cosas habían
sucedido.
Bajó de
un colectivo cerca a la casa de América, y se introdujo sin ser visto en el
baño de un pequeño restaurante. Rápidamente se vendó una de las manos, y se
colgó el brazo en un pañuelo de seda blanco, como si estuviera fracturado.
Luego, se vendó un pie, y extrajo de un pequeño maletín un zapato, al cual le
había cortado la punta para que asomaran por ella dos dedos. Traía también un
viejo bastón que había pertenecido a su abuelo. Salió del baño, bebió una
cerveza en el mostrador, y cojeó entrenándose hasta la casa de América. Hacía
mucho calor, y sentía que la corbata que le había robado a su padre le
molestaba. El cuello excesivamente almidonado de su flamante camisa, le
irritaba la piel. Sus labios estaban muy secos mientras tocaba el timbre, y le
temblaba ligeramente la boca del estómago. “Como antes”, pensó y sintió que
perdía los papeles, pero era que América aparecía por una puerta lateral, y que
él pensaba que algo en su atuendo podía delatarlo.
—¡Manolo!
¿Qué te ha pasado?
—Me
saqué la mugre.
—¿Cómo
así?
—En una
carrera de autos con unos amigos.
—¡Te has
podido matar!
“¿Y tú,
cómo sabes?”, pensó Manolo, un poco sorprendido al ver que las cosas marchaban
tan bien. Hubiera querido detener todo eso, pero ya era muy tarde.
—Pudo
haber sido peor —continuó—. Era un carro sport, y no sé cómo no me destapé el
cráneo.
—¿Y el
carro?
—Ése sí
que murió —respondió Manolo, pensando: “Nunca nació”.
—Y
ahora, ¿qué vas a hacer?
—Nada
—dijo con tono indiferente—. Tengo que esperar que mis padres vuelvan de
Europa. Ellos verán si lo arreglan o me compran otro. “No me creas, América”, pensó, y dijo: No quiero arruinarles el
viaje contándoles que he tenido un accidente. De cualquier modo —“allá va el
disparo”, pensó—, no podré manejar por un tiempo.
—Pero
¿tu carro, Manolo?
—Pues
nada —dijo, pensando que todo iba muy bien—. El problema está en conseguir
taxis que quieran venir hasta Chaclacayo.
—Usa los
colectivos, Manolo. (“Te quiero, América”). No seas tonto.
—Ya
veremos. Ya veremos —dijo Manolo, pensando que todo había salido a pedir de
boca—. ¿Y tus exámenes?
—Un
ensarte —dijo América, con desgano—. Me jalaron en tres, pero no pienso
ocuparme más de eso.
—Claro.
Claro. ¿Para qué te sirve eso? “¿Para ser igual a Marta?”, pensó.
—¿Vamos
a bañarnos a Huampaní?
—¡Bestial!
—exclamó Manolo. Sentía que se llenaba de algo que podía ser amor.
—¿Y tus
lesiones?
—¡Ah!,
verdad. ¡Qué bruto soy...! Es que cuando no me duelen me olvido de ellas. De
todas maneras, te acompaño.
—No. No
importa, Manolo —dijo América, en quien parecía despertarse algo como el
instinto maternal—. ¿Vamos al cine? Dan una buena película. Creo que es una
idiotez, pero vale la pena verla. Cuando mejores, iremos a nadar.
—Claro
—dijo Manolo. La amaba.
Durante
diez días, Manolo cojeó al lado de América por todo Chaclacayo. Diariamente
venía a visitarla, y diariamente se disfrazaba para ir a su casa. Sin embargo,
tuvo que introducir algunas variaciones en su programa. Variaciones de orden
práctico: tuvo, por ejemplo, que buscar otro vestuario, pues los propietarios
del restaurante en que se cambiaba se dieron cuenta de que entraba sano y
corriendo, y salía maltrecho y cojeando. Se cambiaba, ahora, detrás de una casa
deshabitada. Y variaciones de orden sentimental: debido a la credulidad de
América. Le partía el alma engañarla de esa manera. Era increíble que no se
hubiera dado cuenta: cojeaba cuando se acordaba, se quejaba de dolores cuando
se acordaba, y un día hasta se puso a correr para alcanzar a un heladero. No
podía tolerar esa situación. A veces, mientras se ponía las vendas, sentía que
era un monstruo. No podía aceptar que ella sufriera al verlo tan maltrecho, y
que todo eso fuera fingido. ¿Y cuando se acordaba de sus dolores? ¿Y cuando la
hacía caminar lentamente a su lado, cogiéndolo del brazo sano? Era un monstruo.
“Adoro su ingenuidad”, se dijo un día, pero luego “¿y si lo hace por el
automóvil?”. “¿Y si cree que me van a comprar otro?”. Pero no podía ser verdad.
Había que ver cómo prefería quedarse con él, antes que ir a bañarse a la
piscina de Huampaní. “Es mi amor”, se dijo, y desde entonces decidió que tenía
que sufrir de verdad, aunque fuera un poco, y se introducía pied red lias en
los zapatos para ser más digno de la credulidad de América, y de paso para no
olvidarse de cojear.
Durante
los días en que vino cubierto de vendas, Manolo y América vieron todas las
películas que se estrenaron en Chaclacayo.
Dos veces se aventuraron hasta Chosica, a pedido de Manolo. Fueron en colectivo
(el se quejó de que no hubiera taxis en esa zona). Y se pasearon por el parque
Central, y recordaba su niñez. Recordaba cuando su padre se paseaba con él los
domingos vestidos de sport, y qué miedo de que le cayera un pelotazo de fútbol
en la cabeza. Porque no quería ver a su padre trompearse, porque su padre era
muy flaco y muy bien educado, y porque él temía que algunos de esos mastodontes
con zapatos que parecían de madera y estaban llenos de clavos y cocos, le fuera
a pegar a su padre. Y entonces le pedía para ir a pasear a otro sitio, y su
padre le ofrecía un helado, y le decía que no le contara a su mamá, y le
hablaba sin mirarlo. Hubiera querido contarle todas esas cosas a América, y un
día, la primera vez que fueron, trató de hacerlo, pero ella no le prestó mucha
atención. Y cuando América no le prestaba mucha atención, sentía ganas de
quitarse las pie- drecillas que llevaba en los zapatos, y que tanto le
molestaban al caminar. Recordaba entonces que un tío suyo, muy bueno y muy católico,
se ponía piedrecillas en los zapatos por amor a Dios, y pensaba que estaba
prostituyendo el catolicismo de su tío, y que, si hay infierno, él se iba a ir
al infierno, y qué bestial sería condenarse por amor a América, pero América, a
su lado, no se enteraría jamás de esas cosas que Marta escucharía con tanta
atención.
— América
—dijo Manolo. Era la segunda vez que iban a Chosica, y tenía los pies llenos de
piedrecillas.
—¿Qué?
—¿Cómo habrá
venido a caer este poema en mi bolsillo?
—A ver...
Bajando el valle de
Tama,
Tu ausencia bajó
conmigo.
Y cada vez más los
inmensos cerros...
Se
detuvo. No quiso seguir leyendo: tres versos, y ya América estaba mirando la
hora en su reloj. Guardó el poema en el bolsillo izquierdo de su saco, junto a
los otros doce que había escrito desde que la había conocido. Poemas bastante
malos. Generalmente empezaban bien, pero luego era como si se le agotara algo,
y necesitaba leer otros poemas para terminarlos. Casi plagiaba, pero era que
América... La invitó a tomar una Coca-Cola antes de regresar a Chaclacayo. Él
pidió una cerveza, y durante dos horas le habló de su automóvil: “Era un
bólido. Era rojo. Tenía tapiz de cuero negro, etc.”. Pero no importaba, porque
cuando su padre llegara de Europa seguro que le iba a comprar otro, y “¿qué
marca de carro te gustaría que me comprara, América? ¿Y de qué color te
gustaría? ¿Y te gustaría que fuera sport o simplemente convertible?”. Y, en
fin, todas esas cosas que iba sacando del fondo de su tercera cerveza, y como
América parecía estar muy entretenida, y hasta feliz: “¡Imbécil! Marta”, pensó.
El día
catorce de enero, Manolo llegó ágil y elegantemente a casa de América. No había
olvidado ningún detalle: hacía dos o tres meses que, por casualidad, había
encontrado por la calle a Miguel, un jardinero que había trabajado años atrás
en su barrio. Miguel le contó que ahora estaba muy bien, pues una familia de
millonarios lo había contratado para que cuidara una inmensa casa que tenían
deshabitada en Chaclacayo. Miguel se encargaba también de cuidar los jardines,
y le contó que había una gran piscina; que a veces, el hijo millonario del
millonario venía a bañarse con sus amigos; y que la piscina estaba siempre
llena. “Ya sabes, niño”, le dijo, “si algún día vas por allá...”. Y le dio la
dirección. Cuando tocó la puerta de casa de América, Manolo tenía la dirección
en el bolsillo.
—¡Manolo!
—exclamó América al verlo—. ¡Como nuevo!
—Ayer me
quitaron las vendas definitivamente. Los médicos dicen que ya estoy
perfectamente bien. (Había tenido cuidado de no hablar de heridas, porque le
parecía imposible pintarse cicatrices).
Y
durante más de una semana se bañaron diariamente en Huampaní. Por las noches,
después de despedirse de América, Manolo iba a visitar a Miguel, quien lo
paseaba por toda la inmensa casa deshabitada. Se la aprendió de memoria. Luego,
salían a beber unas cervezas, y Manolo le contaba que se había templado de una
hembrita que no vivía muy lejos. Una noche en que se emborracharon, se atrevió
a contarle sus planes, y le dijo que tendría que tratarlo como si hiera el hijo
del dueño. “Pendejo”, replicó Miguel, sonriente, pero Manolo le explicó que en
Huampaní había mucha gente, y que no podía estar a solas con ella. “Pendejo,
niño”, repitió Miguel, y Manolo le dijo que era un malpensado, y que no se
trataba de eso. La quiero mucho, Miguel”, añadió, pensando: “Mucho, como antes,
porque la iba a volver a engañar”.
Llegaban
a Huampaní.
—Mañana
iremos a bañamos a casa de mis padres —dijo Manolo—. He traído las llaves.
—Hubiéramos
podido ir hoy —replicó América, mientras se dirigía al vestuario de mujeres.
Manolo
la esperaba sentado al borde de la piscina, y con los pies en el agua. “Traje
de baño blanco”, se dijo al verla aparecer. Venia con su atrayente malla
blanca, y caminaba como si estuviera delante del jurado en un concurso de
belleza. Avanzaba con su melena... Debería cortársela, aunque sea un poco
porque parece, y sus piernas morenas más tostadas por el sol con esos muslos.
Esos muslos estarían bien en fotografías de periódicos sensacio- nalistas.
Sufriría si viera en el cuarto de un pajero la fotografía de América en papel
periódico. América se apoyó en su hombro para agacharse y sentarse a su lado.
Vio cómo sus muslos se aplastaban sobre el borde de la piscina, y cómo el agua
le llegaba a las pantorrillas. Vio cómo sus piernas tenían vellos, pero no
muchos, y esos vellos rubios sobre la piel tan morena, lo hacían sentir algo
allá abajo, tan lejos de sus buenos sentimientos... Qué pena, parece de esas
con unos hombres que dan asco en unos carros amarillos que quieren ser ultimo
modelo los domingos de julio en el parque Central de Chosica. Justamente cuando
no me gusta ir al parque de Chosica. Esos hombres vienen de Lima y se ponen
camisas amarillas en unos carros amarillos para venir a cachar a Chosica.
—No me
cierra el gorro de baño.
—No te
lo pongas.
—Se me
va a empapar el pelo.
—El sol
te lo seca en un instante.
Había
algo entre el sol y sus cabellos, y él no podía explicarse bien qué cosa era...
Pero los tigres en los circos son amarillos como el sol y esa cabellera de
domadora de fieras. América le pidió que le ayudara a ponerse el gorro, y
mientras la ayudaba y forcejeaba, pensaba que sus brazos podían resbalar, y que
iba a cogerle los senos que estaban ahí, junto a su hombro, tan pálido junto al
de América... Y por cojudo y andar fingiendo accidentes de hijo de millonario
no he podido ir a mi playa en los viejos Baños de Barranco, con el funicular y
esas cosas de otros tiempos, cerca a una casa en que hay poetas. Esos Baños tan
viejos con sus terrazas de madera tan tristes. Pero América no quedaría bien en
esa playa de antigüedades porque aquí está con su malla blanca y las cosas
sexys son de ahora o tal vez, eso no, acabo de descubrirlas. No porque la
quiero. América. No voy a mirarle más
los vellos, quiero tocarlos, son medio rubios. Me gustan sobre sus piernas, sus
pantorrillas, sus muslos morenos.
“Al agua”,
gritó América, resbalándose por el borde de la piscina. Manolo la siguió.
Nadaba detrás de ella como un pez detrás de otro en una pecera, y a veces, sus
manos la tocaban al bracear, y entonces perdía el ritmo, y se detenía para
volver a empezar. América se cogió del borde, al llegar a uno de los extremos
de la piscina. Manolo, a su lado, respiraba fuertemente, y veía cómo sus senos
se formaban y se deformaban, pero era el agua que se estaba moviendo.
—Ya no tengo
frío —dijo América.
—Yo tampoco
—dijo Manolo, pero continuaba temblando, y le era difícil respirar.
—Estás muy
blanco, Manolo.
—Es uno de
mis primeros baños en este verano.
—Yo tampoco
me he bañado muchas veces. Siempre soy morena. ¿Te gustan las mujeres morenas?
—Sí
—respondió Manolo, volteando la cara para no mirarla—. ¿Vamos a bucear?
Buceaban. Le
ardían los ojos, pero insistía en mantenerlos abiertos bajo el agua, porque así
podía mirarla muy bien y sin que ella se diera cuenta. Salían a la superficie,
tomaban aire, y volvían a sumergirse. Ella se cogió de sus pies para que la
jalara y la hiciera avanzar, pero Manolo giró en ese momento y se encontró con
la cara de América frente a la suya. La tomó por la cintura. Ella se cogió de
sus brazos, y Manolo sentía el roce de sus piernas mientras volvían a la
superficie en busca de aire. “Voy a descansar”, dijo América, y se alejó
nadando hasta llegar a la escalerilla. Manolo la siguió. Desde el agua, la veía
subir y observaba qué hermosas eran sus piernas por atrás y cómo la malla
mojada se le pegaba al cuerpo, y era como si estuviera desnuda allí, encima suyo. No salió. Desde el
borde de la piscina, ella lo veía pensativo, cogido de la escalerilla... No me
explico cómo ese tipo que me esperaba todos los días en la plaza San Martín, y
felizmente que ya acabó el colegio, ni tampoco me importan los exámenes en que
me han jalado, ni me dio vergüenza cuando me preguntó qué tal me fue en los
exámenes. Allá abajo tan flaco no me explico, pero parece inteligente y sabe
decir las cosas, pero tendré que darle ánimos y todo lo que dice cuando habla
del accidente me gusta, ese carro fue muy bonito rojo no me importa por qué
allá abajo tan flaco tan pálido me hace sentir segura. Pero mis amigas qué van
a pensar tengo buen cuerpo y con mi cara esperan algo mejor porque los hombres
me dicen tantos piropos, tantas cochinadas, más piropos que a otras y cuando
fui a Lima con Mariana tan rubia tan bonita me dijeron más piropos te gané
Mariana, pero el enamorado de Mariana es muy buen mozo pero Manolo se viste
mejor, si paso un mal rato en una fiesta el carro mis amigas se acostumbrarán a
que mi enamorado no es tan buen mozo. Me gusta mucho, me gusta más que otros
enamorados no le he dicho he tenido, y algo pasa en mi cuerpo algo como ahora
está allá abajo y siento raro en mi cuerpo, fue gracioso cuando me tocó la cintura
mejor todavía que cuando Raúl me apretaba tanto.
—¿Quieres
sentarte en esa banca? —preguntó Manolo, que subía la escalerilla.
—Sí
—respondió América—. Ya no quiero bañarme más.
—Ven.
Vamos antes que alguien la coja.
—Me
molesta tanta gente. A partir de mañana tenemos que ir a tu casa.
—Sí.
Allá todo será mejor.
—¿Qué
tal es la piscina?
—Es muy
grande, y el agua está más limpia que ésta.
—¿Nadie
se baña nunca?
—Me
imagino que el jardinero se debe pegar su baño, de vez en cuando.
—¿Y para
qué la tienen llena?
—A
veces, se me ocurría venir con mis amigos —dijo Manolo.
—Qué
tales jaranas las que debes haber armado ahí —dijo América, tratando de
insinuar muchas cosas.
—No
creas —respondió Manolo, con tono indiferente. Estaba jugando su rol.
—¡A mí
con cuentos! —exclamó América, sonriente.
—América
—dijo Manolo, con voz suplicante—. América...
—¿Qué
cosa? Dime, ¿qué cosa?
—Nada.
Nada... Estaba pensando... “Te quiero mucho. A pesar de...”.
—¿Qué
cosa?, Manolo.
—Nada.
Nada. Creo que ya está bien de piscina por hoy. Regresemos a tu casa.
—Vamos a
cambiarnos.
Estaba
listo. Cuando América salió del vestuario con sus pantalones pescador a rayas
blancas y rojas, Manolo recordó que ella le había contado que aún no había ido
a Lima a hacer sus compras por ese verano. Los pantalones le estaban muy
apretados, y ahora, al caminar por las calles de Chaclacayo, todo el mundo
voltearía a mirarle el rabo: “¿Y por qué no?”, se preguntaba Manolo. “Lista”,
dijo América y caminaron juntos hasta su casa.
Nadie
los molestaba. Sus padres estaban en la tienda (Manolo había aprendido a
llamarla así), y la abuela, allá arriba, demasiado vieja para bajar las
escaleras. Entraron a la sala. Él sacó unos discos. Ella puso los boleros. La
miró. Ella le dijo para bailar. Él se disculpó diciendo que debido al
accidente... Ella insistió. Cedió. Bailaban. Ella empezó a respirar
fuertemente. Él empezó a mirarle los vellos rubios sobre sus antebrazos
morenos, y a recordar... Ella cerró los ojos. Él le pegó la cara. Ella le
apretó la mano. Terminó ese disco. Ella le dijo que su bolero favorito era Sabrás que te quiero. Le
dijo que se lo iba a regalar, y se sentó. Ella lo notó triste, y se sentó a su
lado. Tuvo un gesto de desesperación. Ella le preguntó si hacía mucho calor, y
abrió la ventana. Le cogió la mano. Ella le puso la boca para que la besara. La
iba a besar. Ella lo besó muy bien.
Es
inmensa. El agua está cristalina”, dijo América, parada frente a la piscina, en
casa de Manolo. “No está mal”, agregó Manolo, cogiéndola de la mano, y diciéndole
que la quería mucho, y que le iba a explicar muchas cosas. Estaba dispuesto a
contarle todo lo que Marta le había dicho sobre ella. Estaba dispuesto a
decirle que entre ellos todo iba a ser perfecto, y que él creía aún en tantas
cosas que según la gente pasan con la edad. Estaba decidido a explicarle que
con ella todo iba a ser como antes, aunque le parecía difícil encontrar las
palabras para explicar cómo era ese “antes”. “Vamos a ponernos la ropa de
baño”, dijo América. Manolo le señaló la puerta por donde tenía que entrar para
cambiarse. Él se cambió en el dormitorio de Miguel. “El tiempo pasa, niño”, le
dijo Miguel. “Está como cuete”.
Habían
extendido sus toallas sobre el césped que rodeaba la piscina, América se había
echado sobre la toalla de Manolo, y Manolo sobre la de América. Permanecían en
silencio, cogidos de la mano, mientras el sol les quemaba la cara, y Manolo se
imaginaba que los ojos negros e inmensos de América lagrimeaban también como
los suyos. Volteó a mirarla: gotas de sudor resbalaban por su cuello, y sintió
ganas de beberías. Morena, América resistía
el sol sobre la cara, sobre los ojos, y continuaba mirando hacia arriba como si
nada la molestara. Había recogido ligeramente las piernas, y Manolo las miraba
pensando que eran más voluminosas que las suyas. Le hubiera gustado besarle los
pies. Le acariciaba el antebrazo, y sentía sus vellos en las yemas de los
dedos. La malla blanca subía y bajaba sobre sus senos y sobre su vientre,
obedeciendo el ritmo de su respiración. Hubiera querido poner su mano allí
encima, que subiera y bajara, pero era mejor no aventurarse. En ese momento,
América se puso de lado apoyándose en uno de sus brazos. Estaba a centímetros
de su cuerpo, y le apretaba fuertemente la mano. Con la punta del pie, le hacía
cosquillas en la pierna, y Manolo sentía su respiración caliente sobre la cara,
y veía cómo sus senos aprisionados entre los hombros rebalsaban morenos por el
borde de la malla blanca como si trataran de escaparse. Le hablaría después.
Era mejor bañarse; lanzarse al agua. Pero se estaba tan bien allí... Se
incorporó rápidamente, y corrió hasta caer en el agua. América se había sentado
para mirarlo. “¡Ven!”, gritó Manolo. “Está riquísima”.
Tampoco ella
tenía la culpa. Habían escuchado a Miguel cuando dijo que iba a salir un rato.
Habían nadado, y eso había empezado por ser un baño de piscina. No podrían
decir en qué momento habían comenzado, ni se habían dado cuenta de que era ya
muy tarde cuando el agua empezó a molestarlos. Porque iban a continuar, y todo
lo que no fuera eso había desaparecido, y los había dejado tirados ahí, al
borde de la piscina, sobre el césped. Y Manolo la besaba y jugaba con sus
cabellos, igual a esos tigrillos en los circos y en los zoológicos, que juegan,
gruñen, y sacan las uñas como si estuvieran peleando. Y América se reía, y se
dejaba hacer, y colocaba una de sus rodillas entre sus piernas, y él sentía el roce de sus muslos y
paseaba sus manos inquietas por todo su cuerpo, hasta que ya había tocado todo,
y sintió que esa malla blanca que tanto le gustaba lo estaba estorbando. Era
como si estuvieran de acuerdo: no hablaban, y él no le había dicho que se la
iba a bajar, pero ella lo había ayudado. Y entonces él había apoyado su cara
entre esos senos como abandonándose a ellos, pero América lo buscaba con la
rodilla, y él se había encogido y había besado ese vientre tan inquieto, donde
la piel era tan suave y siempre morena. Luego, se había dejado caer sobre ese
cuerpo caliente, y se había cogido de él como un náufrago a una boya, y no se
había podido incorporar porque América y sus muslos lo habían aprisionado. Y
luego él debió enceguecer porque ya no veía el césped bajo sus ojos, ni tampoco
le veía la cara, ni veía las plantas alrededor, pero sentía que todo eso se
estaba moviendo con violencia y dulzura, y ya no la escuchaba quejarse y entonces
era como una suprema armonía, y el ritmo de la tierra y del mundo bajo sus
cuerpos, alrededor de sus cuerpos, continuó un rato más allá del tin.
Lloraba
sentada mirándose el sexo, y cubriéndose los senos pudorosamente con los
brazos. Pensaba en las monjas de su colegio, en sus padres, en la bodega y en
sus hermanos. Pensaba en sus amigas, y se miraba el sexo, y sentía que aquel
ardor volvía. Hubiera querido amar mucho a Manolo, que parecía un muerto, a su
lado, y que sólo deseaba que las lágrimas de América fueran gotas de agua de la
piscina. Trataba de no pensar porque estaba muy cansado... Cuántos días.
Soportar sin ver a Marta. Contarle. Todo. Hasta la sangre. Contar que estoy tan
triste. Tan triste. ¿Qué después? ¿Qué ahora? Marta va a hablar cosas bien
dichas. Si fuera hombre le pego. Mejor se riera de mí para terminar todo. Ahí.
Aquí. Anda, lávate. ¡Cállate, mierda! No gimas. Te he querido tanto y ahora
estoy tan triste y tú podrás decir que fue haciendo gimnasia y ya no volvere
porque te hubiera querido. Antes antes antes. Mandar una carta. Explicarte
todo. Desaparecer. Matarme en una carrera con mi auto nuevo. Simplemente
desaparecer. Marta te cuenta todo. Cobarde. Decirte la verdad. Sobre todo irme.
Si supieras lo triste perdonarías, pero nunca sabrás y esto también pasará. Sí.
No. Ándate. Ándate un rato. Vete. Cuando me ponga la corbata todo será
distinto. Te llevaré a tu casa. No te veré más. Tal vez te des cuenta en la
puerta de tu casa, y mañana irás a comprar ropa de verano y no veré tu ropa nueva
más apretada. Culpa. Cansancio. Se está vistiendo en ese cuarto de la casa. Soy
amigo del jardinero ni mis padres están en Europa. Tal vez te escribiré,
América. Con mi corbata. Mi padre no está en Europa. Mentiras. Culpa. Mi padre.
Su corbata allá en el cuarto de Miguel. Te llevaré a tu casa, América. Tu casa
de tus boleros donde también he matado he muerto. Mi corbata tan lejos.
Morirme. Ser. To
be. Dormir años. Marta.
La corbata allá allá allá allá.
América
se estaba cambiando.
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